El escritorio de la trastienda

El escritorio de la trastienda

sábado, 24 de agosto de 2013

FE IMPRESA



            Raro encargo era éste, pensó el artesano mientras colocaba los tipos móviles de plomo fundido, dándole forma a las palabras, a los párrafos y a los capítulos. Un trabajo pagado por anticipado. Aquel misterioso hombre encapuchado le había dado lo suficiente para amortizar su pequeña imprenta y no tener que preocuparse de su sustento durante casi toda una vida. Y sólo alargando su brazo, donde una mano ensortijada sostenía una bolsa repleta de excelentes de oro.


            El trabajaba sin prestar atención al contenido, como buen profesional. Pero cuando vio aquellas planchas que el cliente le había proporcionado, con aquellos grabados tan singulares, un escalofrío recorrió su cuerpo. Envueltas en tela, aquellas planchas relucientes con sus grabados invertidos le provocaban una cierta aprehensión en un primer momento. Pero al mismo tiempo, su ornamentada simbología le fascinaba.


            Y no pudo evitar sumergirse en la lectura de su trabajo, que convulsionaba los cimientos de una educación judía, basada en unos fundamentos religiosos marcados en su alma con hierro candente. Y cuanto más leía, más cobraba sentido aquella idea que lo desmentía todo, que abrazaba una nueva religión. De la carne, de los huesos… De la sangre.  Y soñó en convertirse en instrumento de un nuevo orden, pues sería el primero en mostrar al mundo aquella nueva fe, superando así a su maestro, que en aquella invención suya había impreso el libro de la fe que abrazaban millones de creyentes. Él lo superaría, pues pronto aquellas copias que mostraban la verdadera fe tal como ahora la entendía.


            Por las noches deliraba en sueños. La puerta de su taller se abría y una bruma lo inundaba todo. Y desde lo más profundo de aquella niebla aparecía él, envuelto en su capa y su capucha. Y desembarazándose de ella descubría un rostro luminoso. Y con voz profunda interpeló las primeras líneas del texto.


“Desta palabra facemos aquesta doctrina
Et otramente abrazamos la nueva vida
Desta sangre vertida ques nuestra tinta”


            Pronto su taller estaba inundado de montones de ejemplares encuadernados con piel de cabrito, listos para ser distribuidos. Y aquel momento no se hizo esperar. El maestro había mandado a varios nuevo creyentes, como él, para ayudarle. Algunos eran judíos, y otros conversos, pero ahora todos eran iguales.


            Se reunieron todos en el bosque alrededor de un gran fuego. Casi un centenar, leyendo con avidez y en voz alta las enseñanzas, abrazándose unos a otros, sintiéndose los pilares de una nueva fe. Bebiendo, comiendo, riendo. Y una figura salió de la oscuridad, encapuchada y todos se levantaron y después se arrodillaron ante él. Y la figura extendió la mano en la que llevaba aquel anillo que todos ya habían visto, con aquella cruz invertida que ya pertenecía a la simbología de la nueva fe. Y esperaban que descubriera su rostro y hablara con su voz profunda. Y él se quitó lentamente el anillo, y con desprecio lo arrojó al fuego. Y las únicas palabras que pronunció estuvieron dirigidas a un centenar de soldados de la guardia de Toledo, que los apresaron sin demora.


            Al tercer día de su cautiverio, abrió como pudo uno de sus maltrechos ojos, rogando a todo en lo que creyó alguna vez, que viniesen al fin a darle una muerte piadosa. Vivía en una nube de dolor que convertía todo lo que le rodeaba en algo irreal. Entonces se abrió la puerta de su celda, y volvió a ver a aquella figura encapuchada que se dirigió hacia él. Y como en su sueño, descubrió su rostro, que no era luminoso, sino sombrío, con su cabeza tonsurada. Y apoyó gentil en su hombro una mano ensortijada, en la que el símbolo de la Santa Inquisición brillaba como una amenza.


—¿Fue vuestra mano la que escribió aquellas palabras, que yo tanta inspiración abracé dellas?


            El inquisidor asintió gravemente, mientras una sonrisa amarga se dibujaba en su rostro.


—Las palabras, palabras son. Los actos y la fe son los que facen un corazón puro.
—¿Acaso vos no creéis en ellas?
—En que yo crea no debe turbarte, pues de un fin mayor instrumento son. Y deste elevado designio, vos sois solamente ejecutor. Pronto partiré al recién reconquistado Reino de Granada, donde un edicto espera ser aprobado. Y allende lo que allí se diga, vos seréis sólo una prueba palpable más de la debilidad de aquesta estirpe, capaz de abrazar un fe impura.
—Engañado por vos. Víctima de las cerriles mentes deste tiempo convulso.
—Si yo fuera en otro tiempo, vuesa merced acabaría igualmente consumida en el fuego purificador. Pues el espíritu es atemporal.


            Y el inquisidor Torquemada, cubrió de nuevo su cabeza, e imbuido de aquella fe que corrompe todo aquello que es bello en el mundo, abandonó la celda del artesano, cuyo único delito fue creer en algo.

           

           

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