Raro encargo era éste, pensó el artesano mientras
colocaba los tipos móviles de plomo fundido, dándole forma a las palabras, a
los párrafos y a los capítulos. Un trabajo pagado por anticipado. Aquel
misterioso hombre encapuchado le había dado lo suficiente para amortizar su
pequeña imprenta y no tener que preocuparse de su sustento durante casi toda
una vida. Y sólo alargando su brazo, donde una mano ensortijada sostenía una
bolsa repleta de excelentes de oro.
El trabajaba sin prestar atención al contenido, como buen
profesional. Pero cuando vio aquellas planchas que el cliente le había
proporcionado, con aquellos grabados tan singulares, un escalofrío recorrió su
cuerpo. Envueltas en tela, aquellas planchas relucientes con sus grabados
invertidos le provocaban una cierta aprehensión en un primer momento. Pero al
mismo tiempo, su ornamentada simbología le fascinaba.
Y no pudo evitar sumergirse en la lectura de su trabajo,
que convulsionaba los cimientos de una educación judía, basada en unos
fundamentos religiosos marcados en su alma con hierro candente. Y cuanto más
leía, más cobraba sentido aquella idea que lo desmentía todo, que abrazaba una
nueva religión. De la carne, de los huesos… De la sangre. Y soñó en convertirse en instrumento de un
nuevo orden, pues sería el primero en mostrar al mundo aquella nueva fe, superando
así a su maestro, que en aquella invención suya había impreso el libro de la fe
que abrazaban millones de creyentes. Él lo superaría, pues pronto aquellas copias
que mostraban la verdadera fe tal como ahora la entendía.
Por las noches deliraba en sueños. La puerta de su taller
se abría y una bruma lo inundaba todo. Y desde lo más profundo de aquella
niebla aparecía él, envuelto en su capa y su capucha. Y desembarazándose de
ella descubría un rostro luminoso. Y con voz profunda interpeló las primeras
líneas del texto.
“Desta palabra facemos aquesta
doctrina
Et otramente abrazamos la nueva
vida
Desta sangre vertida ques
nuestra tinta”
Pronto su taller estaba inundado de montones de
ejemplares encuadernados con piel de cabrito, listos para ser distribuidos. Y
aquel momento no se hizo esperar. El maestro había mandado a varios nuevo
creyentes, como él, para ayudarle. Algunos eran judíos, y otros conversos, pero
ahora todos eran iguales.
Se reunieron todos en el bosque alrededor de un gran
fuego. Casi un centenar, leyendo con avidez y en voz alta las enseñanzas,
abrazándose unos a otros, sintiéndose los pilares de una nueva fe. Bebiendo,
comiendo, riendo. Y una figura salió de la oscuridad, encapuchada y todos se
levantaron y después se arrodillaron ante él. Y la figura extendió la mano en la
que llevaba aquel anillo que todos ya habían visto, con aquella cruz invertida
que ya pertenecía a la simbología de la nueva fe. Y esperaban que descubriera
su rostro y hablara con su voz profunda. Y él se quitó lentamente el anillo, y
con desprecio lo arrojó al fuego. Y las únicas palabras que pronunció
estuvieron dirigidas a un centenar de soldados de la guardia de Toledo, que los
apresaron sin demora.
Al tercer día de su cautiverio, abrió como pudo uno de
sus maltrechos ojos, rogando a todo en lo que creyó alguna vez, que viniesen al
fin a darle una muerte piadosa. Vivía en una nube de dolor que convertía todo
lo que le rodeaba en algo irreal. Entonces se abrió la puerta de su celda, y
volvió a ver a aquella figura encapuchada que se dirigió hacia él. Y como en su
sueño, descubrió su rostro, que no era luminoso, sino sombrío, con su cabeza
tonsurada. Y apoyó gentil en su hombro una mano ensortijada, en la que el
símbolo de la Santa Inquisición brillaba como una amenza.
—¿Fue vuestra mano la que
escribió aquellas palabras, que yo tanta inspiración abracé dellas?
El inquisidor asintió gravemente, mientras una sonrisa
amarga se dibujaba en su rostro.
—Las palabras, palabras son. Los
actos y la fe son los que facen un corazón puro.
—¿Acaso vos no creéis en ellas?
—En que yo crea no debe
turbarte, pues de un fin mayor instrumento son. Y deste elevado designio, vos
sois solamente ejecutor. Pronto partiré al recién reconquistado Reino de
Granada, donde un edicto espera ser aprobado. Y allende lo que allí se diga,
vos seréis sólo una prueba palpable más de la debilidad de aquesta estirpe,
capaz de abrazar un fe impura.
—Engañado por vos. Víctima de
las cerriles mentes deste tiempo convulso.
—Si yo fuera en otro tiempo,
vuesa merced acabaría igualmente consumida en el fuego purificador. Pues el
espíritu es atemporal.
Y el inquisidor Torquemada, cubrió de nuevo su cabeza, e
imbuido de aquella fe que corrompe todo aquello que es bello en el mundo,
abandonó la celda del artesano, cuyo único delito fue creer en algo.

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