El escritorio de la trastienda

El escritorio de la trastienda

miércoles, 2 de enero de 2013

El gran cazador blanco



 

            Era una mañana fresca y húmeda, más propia del invierno que a regañadientes se despedía de los que daban la bienvenida a una primavera que insinuaba, prometía, pero aún no se mostraba, cual virgen ruborosa. Yo, si os soy sincero, prefiero la realidad tórrida, sin engaños, pegajosa y a veces asfixiante de una noche estival. Aunque para qué engañarnos, si al final me conformo con la tristeza de un otoño con su fría sensación de caducidad y pérdida. El caso es, sin detenerme en florituras lingüísticas más propias de personas con ínfulas retóricas que de aquellos que nos movemos ambientes más prosaicos, que allí andábamos los dos, envueltos en una densa neblina que nos impedía discernir más allá de lo que nuestra vista alcanzaba en esas circunstancias, es decir, más bien poco.

            Él era un buen mozo de porte altivo, mandíbula cuadrada con reminiscencias algo neardentales, complexión musculosa, de aquella que se adquiere en un gimnasio levantando y moviendo cosas que pesan mucho. Y según decían las féminas, bien parecido, aunque a mí se me antojaba al mirarlo que tenía una expresión algo palurda, pero al no estar versado en fisionomía masculina más que cualquiera que se mira al espejo por las mañanas para rasurarse el vello facial, deberé guiarme en esta ocasión por la opinión generalizada. Vestía a la moda de la gente que no sólo va al campo a cazar, si no que va a pisar firme con sus botas de serraje hechas a medida, a cortar una ramita que le molesta con su cuchillo de acero templado y mango de asta de ciervo, y a disparar su rifle americano con un visor capaz de ver más allá del alma de la gente. Era sin duda alguna el prototipo del “Gran Cazador Blanco”.

            Yo, en cambio, soy de figura fina, fina como una cuchilla de afeitar. Decía mi madre que de párvulo no había bebido la suficiente leche y mis huesos no habían engruesado como debieran. También soy un poco cabezón, y no en el sentido cerril de la expresión. Me consuelo pensando que la naturaleza sabia me dio el recipiente apropiado para mi cerebro inquieto. También tengo una pierna más larga que la otra, una oreja más grande que la otra, y una ceja pegada a la otra. Así dicho podrían hacerse la idea de que soy una persona que está contrahecha, es decir, que está constituido por piezas que encajan, pero que encajan mal. Como un juguete comprado en un todo a cien que cuando se monta, piensas: sí, está montado… pero no es el aspecto que debería tener… En cambio tengo un rostro que es cómodo. Y con esto me refiero a que es un rostro que se puede observar con comodidad sin tener la necesidad de mirar hacia otro lado.
            Tampoco soy amante de la caza, aunque mi padre me enseñó a disparar, a ver si así me hacía un hombre. Pero yo no tengo instinto asesino, aunque tampoco se puede decir que sea un exacerbado amante de la naturaleza, o al menos en el sentido que algunos le dan. Me explico. Cuando oigo a algún Gran Cazador Blanco elogiar las virtudes de ese deporte, inciden en la experiencia que supone estar en contacto con la madre tierra, impregnarse de su olor, reconocer la majestuosidad del entorno. Y no hay nada comparable como atisbar en la lejanía la majestuosa figura de un venado, admirar a través del visor la belleza del animal y acto seguido descerrajarle un disparo a traición. A mí, sinceramente, cuando veo algo bello no me entra el ansia de matarlo. Llamadme raro. O incluso mariconazo, como me decía mi padre que en paz descanse.

            Os preguntaréis entonces cómo dos personas tan dispares tanto física como mental y espiritualmente, se encontraban en medio de la invisible frondosidad del bosque, paseando, charlando como buenos camaradas con el rifle al hombro, compartiendo animosamente una fresca mañana de febrero. Veréis, si hay algo que iguala hombres de distinta condición, nacionalidad e incluso diría religión, es sin duda alguna lo que algunos llaman amor y otros necesidad fisiológica de apareamiento. Y el objeto de dicha necesidad se llamaba Teresita, la hija de la farmacéutica del pueblo, la muchacha de la que ambos andábamos enamorados con distinta suerte.

            Teresita era una joven hermosa, de educación exquisita y conversación inteligente. Había estudiado turismo en Salamanca y había decidido abrir una agencia de viajes en el pueblo. Yo la conocía desde niño y siempre nos andábamos pegando y jugando en el río. Ahora, veinte años más tarde seguíamos manteniendo esa amistad, y yo me había convertido en lo peor en lo que se puede convertir un joven enamorado: en el amigo y confidente de la persona objeto de sus deseos. Os juro que en más de una ocasión, mientras ella me abría de par en par su corazón y me mostraba sus sentimientos, yo me imaginaba abriéndole de par en par sus piernas y revelándole mis sentimientos, más mundanos, mientras un coro de ángeles entonaba una gloriosa marcha con sus trompetas. Y ahí se quedaba la cosa. Luego se inmiscuyó en nuestra platónica relación el hijo del concejal de cultura, dueño de más de la mitad de las fincas de nuestro municipio, que empezó a cortejar a Teresita, sin esperar siquiera a la época de la berrea. Y ésta, terrenal como sólo puede ser una deliciosa criatura de carne y hueso, tardó poco en sucumbir a los encantos de una fachada bien construida. Y de esta forma Teresita pasó de amor platónico a quimera irrealizable.

            La niebla se iba levantando un poco y ambos nos sentamos en un tocón para compartir una bota de vino artesano que yo siempre llevaba cuando la mañana era fresca, y que él tanto apreciaba aunque su paladar estaba hecho a caldos de más prestigio. Conversábamos acerca de cosas mundanas como el tiempo, mi deplorable estado físico que me hacía resollar como un buey tras una larga jornada, y los beneficios de activar mi organismo con un par de horas diarias de trabajo en el gimnasio. Como si las diez horas de trabajo en la fábrica de encurtidos no fueran suficientes para mi pobre organismo. 

            Os preguntaréis de nuevo los motivos por los que un humilde servidor despojado de orgullo, malherido en sus sentimientos y resentido por la falta de atención, dio por bueno compartir aquella jornada de caza con el responsable directo de su actual desdicha. Pues bien, andaba yo una noche ahogado en mi propia tristeza, bebiendo de una botella de lo que algunos se dignan en llamar whisky y otros matarratas, al ser lo único que me podía permitir con el escaso jornal que ganaba en la fábrica, escribiendo incluso poemas cual amante despechado y llorando como un querubín al que le quitan el chupete, cuando me di cuenta que lo único que necesitaba para recuperar mi anterior y exigua felicidad era hacer desaparecer la incógnita que sobraba en la ecuación. E ideé un osado plan envalentonado por los efluvios de la malta fermentada que a buen seguro por la mañana, con la perspectiva de un nuevo día y el dolor de cabeza producto de la resaca, acabaría en agua de borrajas. Sin embargo, al día siguiente, tras dejar atrás de camino al trabajo el banco donde Teresita y yo nos sentábamos antaño a compartir risas y confidencias, una nube se aposentó en mi cerebro y me reafirmó en mi etílico empeño de la noche anterior. Así pues desempolvé el viejo rifle de mi padre y me presenté en casa de mi rival ofreciéndole una buena bota de vino y la oportunidad de mofarse de mi persona durante su última jornada de caza. Me vanaglorio de conocer las motivaciones de las personas, y sé que el Gran Cazador Blanco no desaprovecharía una buena bota de vino, y sobre todo, la oportunidad de humillar durante toda una mañana a un ser tan insignificante como un humilde servidor.

            La niebla se había retirado casi por completo y el Gran Cazador se sentía a sus anchas como un guerrero en el campo de batalla. Así pues comenzó a inspeccionar el terreno y se volvió hacia mí indicándome el lugar dónde habría de ubicarme. Yo seguía allí de pie con cara ausente, hasta que mi vista se clavó en su figura estilizada. Algo raro debió ver él en mi mirada e interrumpió su experta diatriba para finalmente conminarme a que me pusiera en marcha. Pero yo seguía allí parado, y cualquiera que me viera diría que estaba en otro mundo, como el que oye pero no escucha. Indudablemente estaba interpretando un papel y mi cerebro repasaba mentalmente los puntos más importantes de mi propia estrategia. Él siguió espetándome para que me pusiera en marcha y yo me acerqué a donde había apoyado su rifle y lo miré con aire bobalicón mientras lo giraba apuntando directo a su corazón. Yo había pergeñado un ingenioso discurso sobre el día del juicio, la venganza de la madre naturaleza que a su manera es rencorosa, y un montón de tonterías más, que ensayé la tarde antes, pero al final de mi boca salió algo parecido a: “¡mas robao la chica… anda gañán, enfila que te voy a meter dos chispazos cuando menos te lo esperes!”. Como quiera que sonase, él lo entendió a la perfección y salió como alma que lleva el diablo profiriendo chillidos como un cochino al que llevan al matadero. Yo mientras disparaba al aire para que él avivase el trote mientras que lo seguía a buen ritmo incluso con mi pierna más larga que la otra. No bien había doblado la peña del berrinche, que es dónde las jóvenes parejas se reunían furtivamente para dar rienda suelta a sus instintos fuera del amparo de sus padres, se escuchó un ruido seco y atronador que mis expertos oídos identificaron en seguida como dos cartuchazos de la escopeta de tío Paco, que todos los sábados aguardaba con la susodicha a que entrara algún bicho como él decía. Por desgracia para mi circunstancial compañero, el tío Paco, de casi ochenta años, oía muy mal y veía peor, y cuando vio corriendo hacia él a aquella figura que agitaba los brazos y chillaba cual cochino, le descerrajó dos tiros con la escopeta de doble cañón que tenía casi tantos años como él, imbuido por el frenesí de derribar al último jabalí de la temporada. Yo por mi parte, tras atisbar tras la peña que el Gran Cazador no se movía, y ver el tamaño del boquete que le había hecho, casi a bocajarro, la escopeta del tío Paco, lancé lo más cerca posible el rifle del infeliz y me fui por dónde vine, con las manos en los bolsillos y silbando bajito la marcha sobre el río Kwai.

            Los días siguientes el Ayuntamiento declaró tres días de luto por el alma del joven y del tío Paco, que murió de un ataque al corazón in situ, tan pronto fue consciente de su desafortunado error. Teresita estaba destrozada y distante, aunque pasado un tiempo buscó consuelo en la única persona que nunca le había fallado a la hora de darle consuelo, valga la redundancia. Y pasado más tiempo ella volvió a abrirme el corazón y yo volví a escuchar a aquel coro de ángeles, y todo volvió a ser maravilloso como de costumbre… hasta que llegó al pueblo aquel joven naturalista amante de los deportes de riesgo. Qué le vamos a hacer. Es guapo, o al menos así dicen las jóvenes del pueblo. Tiene buen porte, pulido tras varias horas en el gimnasio, y va vestido a la moda de las personas amantes de la naturaleza pero que no renuncian a sus deportivas de marca, sus pantalones tejanos pero que no son de Texas, y sus camisetas con frases ingeniosas. Y a mi Teresita le gustó desde el primer momento en que lo vio. En fin, ella es así y no se lo tengo en cuenta.

            Ahora por las noches lloro desconsolado, escribo poemas despechados y entre lingotazo y lingotazo planeo una nueva estrategia. A él le gusta saltar en paracaídas, y yo sé que los paracaídas a veces no se abren. Sí, ya sé que es casi imposible, pero a veces pasa… Lo malo es que yo le tengo auténtico pánico a las alturas……..




martes, 1 de enero de 2013

Cuadrando cuentas




            Era un hombre muy callado, de esos que piensan bien las cosas antes de decirlas. Por eso cuando hablaba, todos se callaban y le miraban expectantes. También era discreto en todos los aspectos. Discreto en sus opiniones, en sus actos, en su forma de vestir. Y cuando sonreía, lo hacía a medias. Era como un sí, me hace gracia, pero no, no me hace tanta. Era el prototipo del hombre medio, el que sale en las estadísticas pero que no tiene los suficientes datos para pronunciarse sobre una u otra cuestión.

            Y digo era, porque en algún momento de la vida de una persona los avatares del destino nos ponen a prueba. Tantean nuestra fachada, comprueban si los cimientos son sólidos y si ven algún resquicio deciden demoler para construir de nuevo.

            Trabajaba en el departamento de contabilidad de una gran multinacional dedicada al ensamblaje de contenedores, de esos que luego embarcan en un carguero y recorren más mundo del que seguramente veremos ustedes y yo. Ese era un trabajo cómodo para él. Los números son fiables, y siempre suman lo mismo los pongas en el orden que los pongas. Otra cosa es interpretar los resultados. Para eso estaban los que se sentaban en sus despachos, con sus trajes impecables comprados en el corte inglés, sus corbatas con nudo windsor, su pelo engominado y esa expresión bien estudiada de lameculos profesional. En el caso que nos ocupa, se trataba de un sujeto de unos treinta y tantos, licenciado cum laude, master en ambición, promoción y escalada empresarial, se pise a quien se tenga que pisar. Recorría sus dominios, que se reducían al departamento de contabilidad, cual terrateniente que supervisa el trabajo de sus asalariados, con gesto autocomplaciente y sonrisa cincelada en su cara.

            Él en cambio se dedicaba a cumplir de forma escrupulosa su trabajo, acabase a la hora que acabase, pues si había algo cierto e inamovible, aún cuando el mundo le demostrase lo contrario, es que las cuentas siempre debían cuadrar. Y cuando lo hacían, el cogía su abrigo y abandonaba la oficina saludando con un gesto de cabeza al terrateniente, que asentía sin variar un ápice su sonrisa.

            De camino a su casa pasaba siempre por su antiguo piso de soltero, un coqueto apartamento en una calle céntrica que había alquilado una vez contraídas nupcias con la que era su esposa, más por un acto de apego al pasado que por una necesidad económica perentoria. Lo cual no excusaba al actual inquilino, un joven bohemio y despreocupado de la vida, que dedicaba gran parte de su tiempo a zaherir, más que acariciar, las cuerdas de su guitarra, con el consiguiente descontento de los integrantes de la tranquila comunidad, que aunque apenas sabían el aspecto que tenía aquella criatura, sí sabían bien cómo se las gastaba. Y después de escuchar de forma estoica toda la retahíla de excusas que el joven ya tenía ensayada y que para colmo siempre eran las mismas, daba media vuelta con la cabeza gacha y la vaga idea de, en un futuro incierto, poner remedio a la situación.

            Se podría aventurar que después de una larga jornada, con sus sinsabores, que en muchos casos los había, la vuelta al hogar supondría un alivio y un momento de esparcimiento, prestado a muestras de afecto entre dos personas que se aman y se dan su apoyo para superar el devenir de la existencia. Pero lo que a él le esperaba al girar la llave de su cómodo adosado de su cómoda urbanización, eran la indiferencia y un cierto atisbo de rencor. Su mujer no lo amaba y él no podía reprochárselo. Él, en su cómoda y discreta existencia, no podía ofrecerle aquella vida excitante y llena de alicientes a la que aspiran todos los enamorados. O al menos a la que intentan aspirar.

            La alarma de su despertador indicaba el comienzo de una nueva y monótona jornada en su rutinaria vida. Pero él jamás habría adivinado que aquel día que todavía luchaba por abrirse paso entre las tinieblas de la oscuridad nocturna, era en realidad el inicio del desmoronamiento de su vida tal como la conocía.

            El terrateniente había reunido al personal y les explicaba apoyado en unos complicados gráficos expuestos desde un proyector sobre la blancura de la pared, los beneficios de una jornada de motivación empresarial, que había extraído de un libro escrito por un americano de nombre complicado. Los asistentes hacían gestos de aprobación forzados, deseando que la larga disertación finalizase y pudieran por fin reincorporarse a sus quehaceres, que se iban acumulando y alargarían la jornada en exceso. Cuando entró por la puerta todos giraron las cabezas y se lo quedaron mirando, mientras él se quitaba el abrigo incómodo por convertirse en el centro de atención de una reunión a la que parecía no haber sido invitado. Tan pronto tomó asiento, el Terrateniente desconvocó la reunión y volvió a su cómodo despacho indicándole con un gesto de la mano que le acompañase a su interior. Él se levantó y recorrió el trayecto entre miradas compasivas de sus compañeros, lo cual le provocó un sudor frío. Cuando entró en el despacho, y el terrateniente le indicó que cerrara la puerta, aquel sudor frío ya se había convertido en un malestar generalizado.

            La conversación, en sí misma, no tuvo gran historia. No hubo tintes dramáticos ni momentos emotivos. Se le preguntó cuáles eran su ambiciones en la empresa, a lo que contestó que cumplir eficientemente el trabajo encomendado, etc. Tras una estudiada mirada escrutadora, bien ensayada seguramente durante varias horas al día delante del espejo, el Terrateniente, cómodo en su papel de orientador/consejero/confesor, le explicó que en una empresa como aquella, se necesitaban personas que tuvieran inquietudes, ambiciones, iniciativa, y: “¡algo de sangre coño!” en una clara concesión a la mundana locuacidad, demostrando que si bien él era el jefe, no menos cierto es que antes era compañero, trabajador y hombre. Después de esto, y de forma más prosaica, le indicó que a petición suya la empresa buscaba savia nueva y ya no contaba con sus servicios. Y acto seguido, le informó de los datos de su liquidación, en un documento que rogó que se llevase a su casa, que estudiase someramente e incluso se asesorase al respecto, y que finalmente firmase, ya que es lo único que sacaría de los quince años de servicio prestado.

            Se sentó en un banco del parque, dejando que el sol aliviase el frío que se había metido en sus huesos. Cualquiera que le viese allí, con la mirada perdida en un horizonte invisible, con su semblante sereno, su media sonrisa y las manos metidas en el abrigo, diría que estaba disfrutando de los beneficios del astro rey en una fresca mañana, sin más preocupaciones que las que pudiera tener alguien entregado a tal menester mientras la ciudad bullía en su frenesí diario. Pero aquella persona, lejos de disfrutar de una jornada de asueto, repasaba mentalmente todos y cada uno de los aspectos de su vida, y calculaba las variables que le habían llevado a ese asiento, a ese día, a esa situación. Y sin dar con un resultado satisfactorio, se levantó y se marchó a su casa, en busca de un afecto y un consuelo que no esperaba recibir.

            La nota decía: “Necesito un tiempo para pensar en el rumbo que está tomando nuestra relación. Siento que se me está escapando la oportunidad de disfrutar de mi vida y debo hacer algo al respecto. Lo siento. Adiós.” Después de leerla, y releerla varias veces, lo único que pensó es que la gente sólo se despide de esa forma en las películas o en las novelas. No le sorprendió la decisión, sino la forma de tomarla y ejecutarla por parte de ella. Tampoco tomó en cuenta la total ausencia de cariño en el trasfondo de la nota. Simplemente pensó que era lo más consecuente.

            Eran las dos de la tarde cuando decidió comer algo en alguna cadena de comida rápida. No tenía ganas de pensar más y quería que se lo dieran todo hecho. El joven que le atendió se parecía tanto a su molesto inquilino que estuvo tentado de preguntarle si tenía algún hermano gemelo músico, pero recordó que aquel joven sólo tenía como familia un tío lejano con el que apenas tenía contacto. Una vez se hubo sentado con sus viandas, masticó su hamburguesa prefabricada sin saborearla. Aquel día podría haberse comido hasta la suela de un zapato y para él habría tenido el mismo sabor. Antes de abandonar el local volvió a examinar con la vista al joven y decidió hacerle una visita al inquilino, para ponerle al corriente de tres o cuatro cosas.

            Era bien entrada la tarde cuando llegó al apartamento. Desde el pasillo se podía oír el estruendo o catástrofe musical que debían soportar los vecinos, en su mayoría personas mayores, que a pesar de las protestas y denuncias desatendidas por las autoridades, convivían con aquella sinfonía desafinada de acordes infernales. Tuvo que llamar insistentemente durante varios minutos antes de que aquel ruido cesase y la puerta se abriese. Un tufillo estupefaciente le golpeó la cara y el joven, con ojos entrecerrados y sonrisa de oreja a oreja, le invitó a entrar cuando él así se lo requirió. El aspirante a músico, a pesar de haber dejado en su soporte una guitarra eléctrica Fender Stratocaster, como así rezaba la firma de la marca en uno de sus laterales, puso en marcha el equipo de alta fidelidad que enseguida escupió una atronadora melodía incluso más desagradable de la que producía aquel aspirante a psicópata musical.

—¿Te gusta esto tío? —interrogó el joven que acompañaba su diatriba con toda clase de gestos, mientras se colocaba un canuto entre sus labios—. Es uno de mis primeros sencillos. Se llama “Me cago en tus muertos”. ¿A que está bien esta mierda?
—Por favor, ¿podrías apagar eso un momento? Tenemos que hablar de las cuentas —indicó el ex-contable mientras hacía un gesto hacia el equipo de música.
—¿Hablar de qué? —contestó el músico.
—De las cuentas —interpeló alzando algo la voz.
—¿De las qué? —interrogó el joven frunciendo el ceño y dándole una calada al canuto.
—¡Cuentas! ¡De las cuentas! ¡Hablar de las cuentas! —repitió insistentemente casi gritando.
—¿Qué le pasan a las cuentas? —concedió el músico con una sonrisa cansado del juego.
—Que hay que cuadrarlas —indicó el ex-contable con una voz desprovista de toda emoción. Y agarrando la guitarra eléctrica se la estampó de un golpe seco en la cabeza al joven. Acto seguido le quitó el liado de la boca y le dio un par de caladas mientras observaba cómo un hilo de sangre resbalaba de la herida por la cara del músico que seguía sonriendo bobaliconamente aunque la vida había abandonado sus ojos.

            Cuando cogió ritmo, la sierra comenzó a hacer un ruido acompasado. Y pensó con cierta sorna que tenía más sentido musical que el finado joven objeto del laborioso trabajo que ahora le ocupaba. Cuando hubo acabado y el músico fue envuelto convenientemente, se afanó en recoger los paquetes resultantes en una de las cajas que originalmente habían contenido parte del equipo de sonido del aspirante a mortificador de tímpanos. Y aprovechando la oportunidad que le brindaba la nocturnidad, abandonó el apartamento en la madrugada del día que cambió su vida.

            No fue difícil convencer al joven de la cadena de comida rápida para que le ayudase a desalojar el apartamento. La fortuna se alió con su causa cuando descubrió que aquel muchacho tenía una furgoneta que utilizaba para recorrer la geografía española asistiendo a los distintos festivales de música que durante el año acontecían. La perspectiva de un trabajo bien remunerado hizo el resto. Una vez el joven hubo empaquetado y recogido en su furgoneta las pertenencias del infortunado músico, el ex-contable le entregó un fajo de billetes y una dirección en donde entregar los bultos. Y no bien hubo entrado el joven en el ascensor, y cerciorándose de que todos los vecinos del piso estuvieran bien apercibidos del trajín que se traían entre manos, increpó al muchacho en voz alta diciéndole: “¡Y no quiero volverte a ver por aquí!” a lo que el joven respondió con un gesto interrogante, sin comprender mucho de lo que allí estaba pasando. Los vítores proferidos por la comunidad entera del edificio, que salían a recibirle a su paso cual paladín triunfante de una gesta quimérica, refutaron el éxito de su plan.
            Se sentía orgulloso de sí mismo. Había pasado de mero observador de la existencia, a elemento activo en el devenir de los acontecimientos. Vio alejarse desde el puerto el carguero en el que se hallaba alojado el contenedor que se había convertido en sepultura de su molesto inquilino rumbo a Singapur. Aquel joven no tendría que preocuparse jamás por pagar una renta mensual, si es que alguna vez lo había hecho. Y no teniéndose que preocupar del tema, al menos en un futuro inmediato, y envalentonado por el curso que seguían los acontecimientos, decidió proseguir con su particular cierre contable.

            El terrateniente regresaba a su lujosa casa de las afueras a altas horas de la noche, como de costumbre. Como la mayoría de  hombres de empresa, inquietos, ambiciosos y con mucha iniciativa, volvía a una existencia vacía como era la que le esperaba al salir de sus dominios. Seguramente se serviría un whisky caro, pondría un cd de jazz, porque era lo más cool, y se fumaría un habano de los que en una ocasión le había regalado el presidente del consejo y que atesoraba celosamente sólo para disfrutarlos en ocasiones muy especiales. Seguramente habría hecho aquello, si una figura embozada no le hubiera asaltado por la espalda, golpeándole en la cabeza con un objeto romo para introducirle en su propio vehículo en estado de inconsciencia. Poco a poco, la claridad se fue imponiendo a la penumbra en la que se encontraba sumido. Se hallaba maniatado en el asiento del copiloto de su jaguar y un dolor sordo le latía en la sien donde había sido golpeado. Giró la cabeza y enfocó la vista intentado discernir la identidad del conductor que le lanzaba furtivas y sonrientes miradas mientras se concentraba en la carretera, solitaria a esas horas.

—¿Qué crees que estás haciendo, maldito imbécil? —exclamó indignado cuando comprobó la identidad de su asaltante—. ¡Estás cometiendo un delito!

—¿Pero de qué te quejas? —contestó el ex-contable—. Sólo estoy mostrando un poco de iniciativa, tal como me indicaste. Y soltó una enorme carcajada mientras su circunstancial compañero comenzaba a sollozar.

            Paró el coche en un mirador de la carretera y apagó las luces. Un terraplén de varios metros de profundidad serviría a sus necesidades. Agarrando al desdichado por las solapas de la americana lo arrastró hasta el asiento del conductor y colocando una mano tras la nuca del mismo le miró fijamente a los ojos.

—No te lo tomes como algo personal. Sólo estoy cuadrando otra cuenta pendiente.

            Y acto seguido golpeó varias veces la cabeza del terrateniente contra el volante hasta que éste dejó de moverse. Tras liberarle de sus ataduras soltó el freno de mano y cerrando la puerta del vehículo lo empujó hasta que el coche, con un perezoso rugido, desapareció por el terraplén. Sólo tardó varios segundos en escucharse un estruendo seco, pero no hubo ninguna explosión, tal como recordaba haber visto en multitud de películas. Ahora le quedaba un largo camino hasta casa, pero al volver la vista atrás, pensó que tal vez, quizás, todo el mundo creyese que aquel auténtico hombre de empresa, que vivía por y para el trabajo, se había quedado dormido al volante. Y subiéndose el cuello de su abrigo emprendió camino con una sonrisa en su cara.

            Días después, los periódicos confirmaron que las autoridades habían considerado factible la teoría del accidente automovilístico, recreándose en la tragedia acaecida a un joven brillante y ambicioso, que abandonaba este mundo en la flor de la vida.

            Del contenedor que viajaba rumbo a Singapur nada más se supo. En la misma edición se hablaba sobre un contratiempo meteorológico que a punto había estado de mandar a pique a un carguero de origen español, haciéndole perder más de la mitad de la carga, estimada en varios millones de euros.

            A modo de epílogo diré que su mujer, tras un largo periodo de reflexión, decidió volver con él, encontrándose a un hombre totalmente distinto al que había abandonado tanto tiempo atrás. Y como a pesar de todo, él seguía siendo una persona a la que le gustaba dejar bien cuadradas las cuentas, decidió que tenía toda una existencia con ella para conseguirlo. Y de esta forma ambos empezaron a disfrutar de la vida excitante y llena de alicientes a la que aspiran todos los enamorados.

            Se preguntarán cómo conozco tantos detalles acerca de lo acontecido a aquel individuo. La respuesta es bien sencilla, pero prefiero dejarla a la imaginación de los lectores.

Año Nuevo



            Enciende el primer cigarrillo de la mañana, aunque su garganta clama por un merecido descanso. La primera calada le provoca una tos ruidosa y poco halagüeña y piensa en más de un amigo que desaprobaría ese liberador acto de sumirse en el aclarador humo que llena las horas muertas que pasa ante la pantalla del ordenador. Está incumpliendo uno de los bienintencionados propósitos del año nuevo. Uno más, y van…

            Bañado en la resaca de risas, alcohol, mensajes de texto prefabricados y recuerdos de un año que se ha marchado. Resacoso de la embriagadora corriente de buenos sentimientos, filosofía del buen rollito navideño y remordimiento por el recuerdo de aquellos que sólo nos vienen a la mente cuando llegan estas fechas. El nuevo año brinda una nueva oportunidad de corregir todos los errores, aunque muchos lo olvidarán cuando pase la euforia festiva.

            El año que se va trajo ilusiones y decepciones, incertidumbre y respuestas, tristeza y alegrías. Todo encuadernado en una lujosa edición que en breve pasará a acumular polvo en la estantería del tiempo pasado, junto a los fascículos coleccionables de toda una vida. Ahora desenvolvemos, o más bien arrancamos, el papel de regalo y nos encontramos con un nuevo libro, edición de bolsillo o tapa dura, quien sabe… Y en las primeras páginas una dedicatoria: “Para los que forjarán las bases de un año maravilloso”. El resto de las páginas están en blanco.

            Apaga el cigarrillo apurando la última calada y se queda pensativo mirando hacia el techo. En su cabeza se empieza a entretejer una nueva trama y piensa que hoy es un buen día para empezar a rellenar las páginas en blanco de la novela de un nuevo año. De esta forma apaga el ordenador y abre la ventana para que el frío de la mañana le pegue una buena bofetada en la cara.