El escritorio de la trastienda

El escritorio de la trastienda

jueves, 27 de diciembre de 2012

Desde la buhardilla (primera entrega)



            Miraba a través de la ventana lánguidamente, imbuido por el lúgubre espíritu de una gris ciudad, de una miserable existencia. No recordaba cuando fue la última vez que vio el sol. Incluso en los días más despejados las miles de chimeneas de las factorías escupían un humo tan denso que era complicado entrever lo que se extendía más allá del distrito obrero. Su hermana tosió y lo sacó de su ensimismamiento. Se acercó a la cama y acarició una mejilla enmarcada en un diminuto rostro y obtuvo como recompensa una hermosa sonrisa. María llevaba tanto tiempo enferma que había olvidado los tiempos en que corría como cualquier otra niña de su edad. Él habría dado incluso su vida por espantar el mal que la consumía día tras día, pero lo único que podía hacer era mirarla a sus febriles ojos y besarla delicadamente en la frente. 

            Un incesante martilleo en el piso de arriba distrajo su atención. Apretó los dientes con rabia contenida mientras maldecía en silencio a su padrastro. Aquel ser cruel e indolente, enfrascado en sus proyectos, era capaz de dejarlos morir de hambre en la más absoluta miseria. Y como tantas otras veces sus ojos se anegaron en lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Al principio dichas lágrimas eran de tristeza cuando recordaba a su madre, cuando comprendía que su pequeña hermana moriría postrada en cama… Pero con el paso del tiempo se fueron tiñendo de una rabia amarga e impotente y todo lo demás desaparecía, excepto el intenso odio que crecía en su interior.

            Tan pronto oyó el crujir de la madera bajo los pies de su padrastro y distinguió el halo de luz cuando se abrió la puerta de la buhardilla, Pedro salvó la distancia que le separaba de la cama y se introdujo en ella tapándose con la manta hasta la cabeza. Pues si había algo capaz de superar todo el odio que sentía era sin duda el temor que le infundía aquella larga figura de pelo alborotado y tez pálida que asomaba la cabeza para comprobar que aquellas criaturas a las que detestaba en lo más profundo de su negro corazón ya estaban dormidas.

            La tenue luz de la mañana le despertó de un pesado sueño. María aún seguía durmiendo como atestiguaba el débil silbido que subía desde sus maltrechos pulmones. Afinó el oído para comprobar que su padrastro ya había abandonado la casa, rumbo a alguna de las miles de factorías donde se encargaba del mantenimiento de los relojes que cronometraban la larga jornada de los trabajadores. Todos debían funcionar con una precisión milimétrica, pues cada segundo de trabajo valía su peso en oro. Pedro jamás se habría levantado de la cama si él hubiera seguido rondando por allí, pues intentaba por todos los medios reducir al máximo unos encuentros que se saldaban en la mayoría de las ocasiones con algún nuevo moratón, labio partido o costilla rota.

            Se enrolló su raída bufanda y sin más abrigo que unos pantalones remendados y un jersey agujereado por las polillas, se echó a la calle a mendigar, hacer de recadero por unos míseros céntimos o robar a algún distraído transeúnte si fuera necesario. Lo justo para adquirir algún medicamento que aliviase los deteriorados pulmones de su pequeña hermana. Hasta es posible que le sobrase algo para comprar algo de pan y cecina para combatir el hambre. Se sentía culpable por dejar sola tanto tiempo a su hermana, aún sabiendo que su padrastro regresaría a media tarde y la encontraría allí sola. Se llevaría un par de golpes por costumbre, no por la preocupación de aquel ser odioso para con un criatura indefensa postrada en la cama.

            Al final de la tarde tan sólo una pequeña cantidad de monedas bailaban en su bolsillo, insuficientes para cubrir las necesidades inmediatas. La medicina de su hermana era cara y muy demanda en una ciudad donde dos terceras partes de la población sufrían el “Mal de la Factoría”, que ennegrecía los pulmones y causaba una insuficiencia respiratoria que se agravaba hasta la muerte. 

            Pedro examinaba bajo la atenta mirada del boticario unas piruletas de eucalipto que eran todo lo que podría pagar con su exiguo capital. Cerca del mostrador el repartidor había colocado una caja con una nueva remesa del medicamento que el joven necesitaba. La caja estaba abierta ya que el boticario colocaba los suministros en una estantería de la trastienda. “Tan cerca y tan lejos” pensó el muchacho, mientras el boticario, vestido con una bata de un blanco inmaculado, no le quitaba ojo. Pedro puso encima del mostrador un par de piruletas y tres pequeñas monedas que el encargado hizo desaparecer tan rápido que al joven se le antojó la hábil maniobra de un prestidigitador. Acto seguido se guardó su compra en uno de los bolsillos y caminó distraído hacia la puerta. El boticario, desembarazado de la molesta presencia del jovenzuelo, cogió varios paquetes de la remesa que se dispuso a colocar convenientemente. Fue todo lo que necesitó Pedro, que en dos zancadas alcanzó la caja y agarró uno de aquellos preciados paquetes para girar con la misma rapidez y atravesar la puerta antes de que ésta se cerrara de nuevo y accionase la campanilla de entrada. Pero tan pronto hubo alcanzado su objetivo chocó contra una figura recortada bajo el dintel de la puerta con tanta fuerza que su diminuto y famélico cuerpo fue arrojado un par de metros hacia atrás, mientras que la medicina volaba de su mano. Tras lograr incorporarse a medias notó una mano apoyada en su hombro. Era la de aquella figura con la que había chocado que correspondía a la de un hombre joven, de no más de treinta años que vestía una americana con chaleco. El pelo oscuro lo llevaba corto aunque no en exceso, y sus ojos marrón oscuro lo miraban con preocupación a través de unos finos anteojos. Le preguntó qué tal se encontraba, pero antes de que pudiera contestar un fuerte tirón en una de sus orejas le obligó a incorporarse del todo poniéndolo incluso de puntillas. El boticario había abandonado el mostrador y al ver el paquete de medicina en el suelo cerca del muchacho, comprendió al instante la situación.

—¡Condenado ladronzuelo! —espetó el boticario mientras tiraba sin piedad de la oreja que adquiría de forma vertiginosa un color carmesí—. ¡He adivinado tus intenciones desde el mismo momento en que te vi entrar por la puerta!

—Deje usted de tironear de la oreja de este pobre muchacho —intercedió el hombre que había obstaculizado la huída de Pedro—. ¿No ve que por más que lo intente no va a dejar que se quede usted con ella? Le tiene demasiado apego…

—Es usted, doctor Acosta. No lo había reconocido —se excusó el farmacéutico mientras aflojaba la presa, muy despacio y de mala gana—. Discúlpeme pero ya es la cuarta vez en esta semana que tengo que perseguir a estos rufianes de medio pelo cuando…

            El joven doctor atravesó la sala hacia el paquete objeto de la disputa, ignorando la diatriba del boticario y una vez lo hubo recogido y examinado, miró con curiosidad a Pedro, que una vez libre de la presa, se frotaba la dolorida oreja procurándole un color aún mas rojo. Acto seguido se dirigió al mostrador y colocó el paquete sobre el mismo.

—Don Julián, haga usted el favor de añadir esto a mi pedido, y por el amor de dios, suelte usted al muchacho, que sin delito no hay pena —indicó con fingido aire de súplica el joven.

            El boticario, muy a su pesar, y tratándose de un buen cliente, como lo era el doctor, soltó la bufanda del muchacho, a la que se había aferrado tan pronto liberó el apéndice auditivo de Pedro. Éste, desembarazado de ataduras, intentó escurrir el bulto antes de que el farmacéutico cambiara de idea, pero una vez más sintió la presión de una mano, en esta ocasión sobre uno de sus hombros.

—¿No querrás irte sin esto, verdad? —interpeló el joven doctor agitando frente a su cara la preciada medicina—. Después de todo casi te cuesta una parte de tu anatomía.


            Formaban una peculiar pareja mientras recorrían la avenida. Habían despachado un generoso almuerzo del cual Pedro, a pesar de las protestas de sus maltrechas tripas, sólo había disfrutado de la mitad, pidiendo al camarero que le guardase el resto en una bolsa, a lo cual accedió éste después de dedicarle una mirada reprobatoria. David, que así se llamaba el joven doctor Acosta, había intentado sonsacarle sin éxito información acerca de dónde vivía, a que se dedicaban sus padres y para quién era la medicina, ya que aparentemente, y a pesar de su aspecto famélico, ningún mal aquejaba a los pulmones del muchacho. Pero Pedro no soltaba prenda, imbuido por la característica desconfianza común a los muchachos que han de ganarse la vida como pueden por las calles. David miró de forma grave al muchacho cuando llegaron al final de la avenida, allí dónde se empezaba a vislumbrar los tonos grisáceos de las edificaciones del distrito obrero.
—¿Sabes que esto sólo aliviará los síntomas, verdad? —dijo el joven doctor agitando de nuevo el paquete de medicina—. Yo podría realizar un reconocimiento para ver cuán avanzada está la enfermedad, y tal vez, si estuviéramos a tiempo…
            Pero el muchacho agachaba la vista hacia sus gastados zapatos, evitando la mirada de David, por lo que esté consideró oportuno no insistir. Y con un suspiro le alargó el paquete a Pedro con una sonrisa de circunstancias y éste, dubitativo en un principio, cogió la medicina intercambiando una tímida mirada de agradecimiento y se giró para dirigirse a su casa. Y no hubo andado más de tres pasos cuando se volvió arrepentido para darle las gracias a la única persona que se había portado bien con él en todos esos años, esbozando una sonrisa que se congeló al instante, cuando a varios metros de distancia de donde se encontraba el joven doctor vislumbró la sombría silueta de su padrastro que regresaba de su jornada de trabajo. A sí que se giró de nuevo echando a correr como alma que lleva el diablo.


            María se hallaba sentada en la vieja mecedora de la habitación, envuelta en una gruesa manta abrazada a su viejo perrito de peluche, Lucky, remendado varias veces por Pedro, y que tenía un único botón por ojo y un hocico pintado con un rotulador negro que hacía las veces del original. Cuando vio aparecer a Pedro le dedicó una hermosa y delicada sonrisa que el muchacho le devolvió a pesar de llegar sin resuello. Unas oscuras ojeras decoraban su pequeño rostro, fruto de un sueño poco reparador. David se entretuvo un momento en mostrarle las viandas sobrantes del almuerzo y se las ofreció para que comiera, pero María negó con la cabeza.

—Debes hacerlo María. Debes tener algo en el estómago para poder tomarte esto —insistió el muchacho mostrándole un par de píldoras blancas y azules.

—De acuerdo —contestó la pequeña—. Pero sólo la mitad, y el resto se lo dejaremos al señor Arce.

—De acuerdo —concedió Pedro—. Pero aprémiate que él ya está llegando.

            No se lo tuvo que repetir dos veces para que la niña devorase en un santiamén el almuerzo para acto seguido tomarse la medicina con un vaso de agua. Tan pronto hubo acabado, escucharon en el piso de abajo como una llave giraba en la cerradura y luego unos pasos lentos y sombríos que subían la escalera. Pedro ocultó el resto del almuerzo en el escondite del señor Arce, el amigo imaginario de María, retirando una baldosa bajo la cama de la pequeña. Cuando la oía hablar de su amigo le comían los remordimientos. La niña se pasaba gran parte del día sola y así no era de extrañar que intentase llenar el hueco producido por su ausencia con un producto de su imaginación. Los dos niños se metieron en la cama y simularon dormir mientras los pasos se acercaban a la puerta entreabierta. Pedro rezaba porque su padrastro pasara de largo y se encerrase en el estudio de la buhardilla, pero al llegar a la altura de la habitación, los pasos se detuvieron, y el muchacho sintió la presencia de aquel hombre, jadeando, impregnando con su aliento ebrio la estancia.

—Pensáis que no sé que estáis despiertos, malditos —susurró con una voz beoda que destilaba auténtico odio—. ¿Por qué seguís aquí? ¿Por qué no habéis muerto aún?

            Y después de resoplar con desdén, se alejó con pasos vacilantes hasta encerrarse en su buhardilla. Pedro, que aún temblaba de miedo, escuchó sollozar a su hermana. Y arropándose con ella abrazó su frágil cuerpo consolándola.

—Todo saldrá bien, María. Todo saldrá bien…



Trabajo sucio



En la mayoría de las ocasiones gustaba de saborear relajadamente un trago de buen whisky escocés, pero aquella noche parecía no hacer mucho caso al vaso que sostenía distraídamente en su mano derecha. Sus pensamientos volaban lejos de aquel tugurio de la Avenida West End. ¡Qué diablos! No todos los días se mata a alguien.

No solía aceptar ese tipo de trabajos, pero la depresión económica que sufría el país obligaba a mucha gente a adoptar medidas extremas frente a la crisis. Por eso, cuando el viejo le ofreció vengar en su nombre la afrenta cometida a cambio de un jugoso fajo de billetes, venció rápidamente sus escrúpulos, mientras su cliente reía entre dientes. “Todo el mundo tiene un precio, y si la oferta es buena, siempre hay alguien dispuesto a mancharse las manos en lugar de otro”. Y lo dijo sin mostrar ningún tipo de emoción, mirando de soslayo las fotografías por las que había pagado.

Mientras caminaba por el boulevard sus tripas protestaron por la estricta y obligada dieta impuesta a la fuerza durante tanto tiempo, y como si trata de aplacarlas tamborileó con los dedos en el estómago prometiéndose a sí mismo que después de terminar el trabajo disfrutaría de una cena copiosa en la cafetería de Marie.

La lluvia caía a plomo sobre la ciudad y deseó tener una buena gabardina que le protegiese algo de la tormenta. Inclinó hacia adelante el ala del sombrero para resguardarse de las cientos de agujas que el viento le lanzaba a los ojos por lo que su mirada se centró en sus zapatos, viejos, gastados, en los que la entresuela comenzaba a despegarse. Al introducir la mano derecha en el bolsillo de su americana sintió el frío tacto del revólver del calibre 22, un arma corta fácil de ocultar, y un escalofrío recorrió su espalda, lo que le hizo subir instintivamente el cuello de la americana.

El pequeño hotel había conocido tiempos mejores y ni el diluvio universal sería capaz de arrancar toda la podredumbre que se había instalado en su fachada. Localizó la ventana de la tercera planta, cuya luz estaba encendida. Una silueta se movía inquieta, anhelante y pensó que ese mohíno edificio era perfecto para cierto tipo de encuentros a altas horas de la noche.

            El conserje del hotel parecía estar más ocupado en el combate de boxeo entre Braddock y Baer que radiaban aquella noche, que en prestar atención a cualquier cliente que asomase por la puerta. Mientras atravesaba discretamente el pequeño hall de entrada, una idea daba vueltas en su cabeza: “Todo el mundo tiene un precio, y si la oferta es buena, siempre hay alguien dispuesto a mancharse las manos en lugar de otro”.

Las escaleras crujían a su paso mientras miraba nervioso a todos lados, rezando para no encontrarse con nadie en su camino. El papel de las paredes del pasillo se despegaba de la pared, dejando al descubierto capas y capas de otros papeles, de otras épocas, y los quinqués de las paredes arrojaban una tenue y vacilante luz que apenas iluminaba los números de las habitaciones. Pero él no necesitaba verlos pues sabía perfectamente a dónde se dirigía, y cuando llegó allí, llamó tres veces con sus nudillos.

—¿Y bien…? ¿Le hizo usted una visita a nuestro amigo en común? —el viejo soltó esas palabras con una mirada de desdén a la que ya se había acostumbrado. La misma mirada que debía soportar cuando cierto tipo de gente le examinaba de arriba abajo, fijándose en su americana con los codos desgastados, sus pantalones arrugados y sus zapatos con las entresuelas despegadas.

—Por su puesto, para eso me contrató —contestó mirando distraídamente un cuadro con una alegre escena pastoral colgado sobre el cabecero de la cama.

—¿Y qué tal fue dicha reunión? —interrogó de nuevo el cliente.

—Muy fructífera —contestó de forma escueta, y alargando la mano le ofreció el mismo fajo de billetes que días atrás había recibido.

—No lo entiendo… ¿Esto quiere decir que no lo ha matado? ¿Qué demonios le ha hecho cambiar de idea?

—Lo que usted me dijo aquel día: “Todo el mundo tiene un precio, y si la oferta es buena, siempre hay alguien dispuesto a mancharse las manos en lugar de otro”.

—¿Y eso que quiere decir?

—Que me han hecho una oferta mejor —y dicho esto, sacó el revólver del bolsillo de su raída americana y disparó una sola vez entre los sorprendidos ojos del viejo.


miércoles, 26 de diciembre de 2012

Celos



            Me encanta tirarme boca arriba en el sofá, mirando fijamente al techo hasta que mis ojos se cierran y los sonidos que me envuelven se van difuminando hasta que mi consciencia se pierde en un mundo maravilloso, lleno de interminables praderas verdes y lagos de agua cristalina.

            Reconozco su aroma antes de que se siente a mi lado, y cuando siento su mano acariciando mi pelo, pongo los ojos en blanco y estiro todas mis extremidades desperezándome. Ella acerca su nariz y comenta que hay alguien que necesita un buen baño. Yo también afino mi nariz, pero no percato que es lo que puede desagradarle, y la miro con ojos interrogantes.

            Mi boca se hace agua cuando ella sirve la comida y pienso que es la mejor cocinera del mundo. He probado todo tipo de comida precocinada, pero no hay nada como la auténtica comida casera, y así se lo hago ver dejando bien limpio el plato. Ella siempre lo agradece y me mira con dulzura. Yo por mi parte me vuelvo al sofá a echarme una buena siesta con el estómago bien lleno.

            Las calles están atestadas de gente y eso me encanta. Yo suelo caminar rápido, pero ella tira siempre de mi cuando pasamos delante de un escaparate y se queda embobada mirando ropa y zapatos, lo que a mí me parece absurdo. Ella estaría guapa con cualquier cosa que se pusiese. La única respuesta que recibo cuando gruño molesto es una mirada de reproche.

            Me encantan las terrazas de verano, y si hace algo de brisa fresca las disfruto doblemente. Ella siempre pide una coca cola “light” porque está a dieta. Bueno, ella siempre está a dieta aunque yo creo que está estupenda tal como está. Se dedica a leer un libro y no me presta mucha atención, pero no me importa, porque yo estoy demasiado ocupado viendo pasar a la gente.

            La tarde se estropea de improviso. Una figura masculina se acerca a nuestra mesa y ella parece sorprendida y complacida al mismo tiempo. Intento hacer memoria, y el intenso olor de su colonia me da la clave (ella siempre se sorprende de mi olfato aunque yo considero que no es para tanto, sólo lo normal) y le identifico como un compañero de trabajo con el que suele encontrarse de vez en cuando, lo cual como es natural no me agrada en exceso.

            Él me saluda amistosamente y yo le correspondo con una mirada de indiferencia, le dejo claro que no me cae demasiado bien. A medida que pasa la tarde, yo estoy cada vez más indignado cuando comprendo que ellos dos se enredan en una animada conversación en la que no faltan risas cómplices y algún que otro galanteo por parte de él ante mi estupefacta mirada. Incluso puedo adivinar alguna tentativa de roce de manos por parte de ambos. Es cierto que en ocasiones soy desconfiado hasta el extremo de rayar la paranoia, pero lo evidente en la mayoría de las ocasiones es lo más probable.



            Ella se disculpa para ir al servicio, y una vez que abandona la mesa él se queda mirándome con su sonrisa bobalicona. Yo también lo miro, pero la mirada es todo menos amistosa, y pienso que es la hora de actuar y dejar las cosa bien claras. Así pues me incorporo y me acerco donde él se encuentra, y sin dejar de mirarle ni un solo momento levanto mi pata trasera y descargo toda mi mala leche contra la pernera de su pantalón beis. Él se levanta airado y amaga una reacción violenta cuando le enseño la cantidad y calidad de mis dientes.

            Ella está muy apesadumbrada con su amigo. Se disculpa una y otra vez mientras me lanza miradas encendidas, hasta que él se disculpa y le dice que tiene que marcharse a casa. Pobre infeliz, no me ha durado ni un asalto.

            Una vez ha desaparecido de nuestra vista, la mirada compungida de ella se torna en otra de reproche, y casi gritándome me pregunta en qué estaba pensando. Como única respuesta me tumbo en el suelo y sacando mi enorme lengua le doy un gran lametón a mis partes y pienso:  ”¿Qué es lo que esperas? Solo soy un perro…”