Fabricaba sus pipas de manera artesanal, por eso cada
pieza era única. El brezo pulido que sostenía de manera firme no era un trozo
de madera inerte, si no un ente lleno de vida, y sus vetas se asemejaban a las
venas por las que transcurrían años de sabiduría y voluntad frente a la
adversidad y la inclemencia.
Cuando no era más que una raíz pesada e informe, él era
capaz de desentrañar su alma y su propia esencia torneando poco a poco el duro
material, devolviendo a la vida algo que había permanecido enterrado, no sólo
bajo la tierra.
La mezcla de Burley aromatizada era desmenuzada por sus
experimentados dedos que después dejaban caer la dorada hierba en la cazoleta
de forma delicada. Una capa más suelta primero y después otra que con ayuda de
sus pulgares era prensada armoniosamente girando la pipa lentamente hasta que
la superficie presentaba un aspecto uniforme. Luego acercaba la cerilla y
aspiraba varias veces sin demasiada vehemencia, hasta que dicha superficie se
iluminaba con un resplandor rojizo. El atacador recorría circularmente la
mezcla, ahora ligeramente blanquecina y un pequeño golpe desechaba las hebras
que debían desprenderse, y así se daba de nuevo vida a algo que antes no la
tenía.
Las volutas de humo se elevaban dibujando arabescos en el
aire, y si miraba a través de ellos, la realidad se difuminaba a la vez que el
embriagador aroma inundaba sus sentidos. Es entonces cuando todo lo que le
rodeaba dejaba de existir, y el artesano podía modelar el mundo a su gusto…

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